LA ESPERANZA CRISTIANA COMO FUERZA DE LOS MÁRTIRES

 AUDIENCIA GENERAL 28 DE JUNIO DE 2017

Los cristianos son hombres y mujeres “contracorriente”. Es normal: el mundo está marcado por el pecado, que se manifiesta en varias maneras de egoísmo y de injusticia, quien sigue a Cristo camina en dirección contraria. No por el espíritu polémico, sino por fidelidad a la lógica del Reino de Dios, que es una lógica de esperanza, y se traduce en el estilo de vida basado en las indicaciones de Jesús.

Y la primera indicación es la pobreza. Un cristiano que no sea humilde y pobre, desinteresado ante las riquezas y el poder y sobre todo desinteresado de sí mismo, no se parece a Jesús. El cristiano recorre su camino en este mundo con lo esencial para el camino, pero con el corazón repleto de amor. El cristiano, más bien, deberá ser prudente, a veces incluso astuto: estas son las virtudes aceptadas por la lógica evangélica. Pero la violencia nunca. Para vencer al mal, no se pueden compartir los métodos del mal.

La única fuerza del cristiano es el Evangelio. En los tiempos de dificultad, se debe creer que Jesús está delante de nosotros, y no cesa de acompañar a sus discípulos. La persecución no es una contradicción al Evangelio, sino que forma parte de él: si han perseguido a nuestro Maestro, ¿cómo podemos esperar que nos sea evitada la lucha? Pero en medio del torbellino, el cristiano no debe perder la esperanza, pensando en haber sido abandonado. En medio de nosotros hay alguien que es más fuerte que el mal, más fuerte que las mafias, que los entramados oscuros, que quien se lucra sobre la piel de los desesperados, que el que aplasta a los demás con prepotencia...

Los cristianos entonces deben hacerse encontrar siempre “en el otro lado” del mundo, el elegido por Dios: no perseguidores, sino perseguidos; no arrogantes, sino dóciles; no vendedores de humo, sino sometidos a la verdad; no impostores, sino honestos.

Esta fidelidad al estilo de Jesús —que es un estilo de esperanza— hasta la muerte, será llamada por los primeros cristianos con un nombre bellísimo: “martirio”, que significa “testimonio”. Había muchas otras posibilidades, ofrecidas por el vocabulario: se podía llamar heroísmo, abnegación, sacrificio de sí. Y en cambio los cristianos de la primera hora lo llamaron con un nombre que perfuma de discipulado. Los mártires no viven para sí, no combaten para afirmar las propias ideas, y aceptan tener que morir solo por fidelidad al Evangelio. El martirio no es ni siquiera el ideal supremo de la vida cristiana porque por encima de ello está la caridad, es decir, el amor hacia Dios y hacia el prójimo. Lo dice muy bien el apóstol Pablo en el himno a la caridad, entendida como el amor hacia Dios y hacia el prójimo: «Aunque partiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha» (1 Corintios 13, 3).

A veces, leyendo las historias de los muchos mártires de ayer y de hoy —que son más numerosos que los mártires de los primeros tiempos—, permanecemos estupefactos ante la fortaleza con la cual han afrontado la prueba. Esta fortaleza es el signo de la gran esperanza que les animaba: la esperanza cierta de que nada ni nadie les podía separar del amor de Dios que nos ha sido donado en Jesucristo (cf. 8, 38-39).

 

 

La Palabra es un don. El otro es un don

 El Santo Padre Francisco presentó el pasado 18 de octubre de 2016, fiesta de San Lucas Evangelista, el Mensaje para la Cuaresma de 2017, con el título “La Palabra es un don. El otro es un don”.

El Mensaje comienza explicando que la Cuaresma significa siempre un nuevo comienzo, un viaje que nos lleva siempre a un destino seguro, la victoria de Cristo sobre la muerte. En este tiempo, recibimos una fuerte llamada a la conversión, que se traduce en un acrecimiento personal de la amistad con el Señor.

La Cuaresma es presentada por el Santo Padre como un tiempo propicio para intensificar la vida espiritual a través del ayuno, la oración y la limosna y propone la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro como guía de nuestro comportamiento para poder alcanzar la verdadera felicidad y la vida eterna.

En la parábola, sigue explicando el Papa Francisco, Lázaro nos enseña que el otro es un don. El pobre en la puerta del rico, no es una carga molesta, sino una llamada a la conversión y a un cambio de vida. Debemos abrir la puerta de nuestro corazón al otro, porque cada persona es un don, sea vecino nuestro o un pobre desconocido. “La Cuaresma es un tiempo propicio para abrir la puerta a cualquier necesitado y reconocer en él o en ella el rostro de Cristo”.

El rico, en cambio, se nos muestra como una persona vacía. Su vida está prisionera de la dimensión más superficial y efímera de la existencia. Es un personaje que se deja llevar por la codicia, la vanidad y la soberbia. Es incapaz de reconocer en Lázaro al prójimo necesitado.

Todo cambia cuando ambos personajes mueren. La parte principal de la parábola se desarrolla en el más allá. Los dos personajes descubren que sin nada vinieron al mundo y sin nada se marchan de él. El rico sólo reconoce a Lázaro en medio de los tormentos de la otra vida, y quiere que sea el pobre quien le alivie el sufrimiento con un poco de agua. Los gestos que el rico pide a Lázaro son semejantes a los que él hubiera tenido que hacer en vida y que nunca hizo. Abraham le recuerda que en el más allá se restablece una cierta equidad y los males de la vida se equilibran con los bienes.

El final de la parábola descubre el verdadero problema del rico: la raíz de sus males está en no prestar oído a la Palabra de Dios; esto es lo que le llevó a no amar a Dios y por tanto a despreciar al prójimo. “La Palabra de Dios es una fuerza viva, capaz de suscitar la conversión del corazón de los hombres y orientar nuevamente a Dios. Cerrar el corazón al don de Dios que habla tiene como efecto cerrar el corazón al don del hermano”.

El Mensaje termina con una invitación a renovarnos, durante este tiempo de Cuaresma, en el encuentro con Cristo vivo en su Palabra, en los sacramentos y en el prójimo, para de esta manera “realizar un verdadero camino de conversión, para redescubrir el don de la Palabra de Dios, ser purificados del pecado que nos ciega y servir a Cristo presente en los hermanos necesitados”.

Reflexión Papa Francisco

  El amor de los esposos perdona todo

 Los esposos que se aman y se pertenecen, hablan bien el uno del otro, intentan mostrar el lado bueno del cónyuge más allá de sus debilidades y errores. En todo caso, guardan silencio para no dañar su imagen. Pero no es sólo un gesto externo, sino que brota de una actitud interna. Tampoco es la ingenuidad de quien pretende no ver las dificultades y los puntos débiles del otro, sino la amplitud de miras de quien coloca esas debilidades y errores en su contexto. Recuerda que esos defectos son sólo una parte, no son la totalidad del ser del otro. Un hecho desagradable en la relación no es la totalidad de esa relación. Entonces, se puede aceptar con sencillez que todos somos una compleja combinación de luces y de sombras. El otro no es sólo eso que a mí me molesta. Es mucho más que eso. Por la misma razón, no le exijo que su amor sea perfecto para valorarlo. Me ama como es y cómo puede, con sus límites, pero que su amor sea imperfecto no significa que sea falso o que no sea real. Es real, pero limitado y terreno. Por eso, si le exijo demasiado, me lo hará saber de alguna manera, ya que no podrá ni aceptará jugar el papel de un ser divino ni estar al servicio de todas mis necesidades. El amor convive con la imperfección, la disculpa, y sabe guardar silencio ante los límites del ser amado.

 

 

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